José Rolón es ingeniero civil de formación, empresario por decisión y apasionado montañista. Pero se define, ante todo, como un “dador por naturaleza”: más allá de su trabajo en la compañía Corrugadora Centro, manifiesta un compromiso destacado con la cultura, el arte y el acompañamiento a nuevos emprendedores.
Un compromiso poco habitual, además. Su mirada combina pragmatismo con sensibilidad: habla de resultados, pero también de sueños, de esfuerzo y de la circulación de las buenas intenciones.

En los últimos años, el buen ejercicio profesional le permitió darse varios gustos: desde escalar cimas imposibles como la de Annapurna, 8.000 metros de altura en Nepal, hasta apostar por películas y artistas de Córdoba.

La última experiencia, en ese sentido, es Lo deseado, tercer filme dirigido por Darío Mascambroni que tuvo su estreno internacional en Fribourg (Suiza), en Bari (Italia), el Bafici porteño y el Seff santiagueño en Argentina. Y ahora aguarda su estreno comercial.
Pero también basta recorrer las instalaciones de la empresa para ver obras magníficas de grandes artistas consagrados o emergentes en una suerte de galería personal. Su casa, confiesa, es aún “más intensa”.

Animarse a crear
Rolón asegura que lo que lo marcó no fueron las oportunidades económicas, sino la educación recibida en su casa, los valores transmitidos y la convicción de que todo debía construirse con trabajo.
De allí su valoración por quienes se animan a crear, a comunicar proyectos y a sostenerlos con dedicación. Para él, los emprendedores necesitan tanto apoyo económico como contención anímica, y en muchos casos la diferencia está en alguien que los escuche, los mentoree o los acompañe.
A lo largo de la conversación, José traza paralelismos entre la vida empresaria, la cultura y la montaña. En estas últimas experiencias aprendió a valorar lo esencial y a encontrar en el silencio espacios de autoconocimiento.
Esa filosofía impregna su forma de trabajar y de relacionarse con los demás. Con la misma serenidad con la que enfrenta una tormenta en la altura, encara los desafíos de la empresa y de los proyectos que decide acompañar.

–¿Cómo empieza tu relación con el emprendedurismo?
–Desde chico, aunque todavía no llamara a algo “proyecto”, siempre sentí que detrás había mucho esfuerzo e ilusión. Cuando el mundo empezó a vincularse más a través de ecosistemas, aparecieron los inversores ángeles y eso hizo que los emprendedores pudieran acortar procesos de dolor y de espera.
José insiste en que lo que más lo marcó no fueron solo las oportunidades económicas, sino la educación recibida en su casa: “La cuna que tuve, la referencia de mis padres fue determinante. Todo lo demás fue a costa de esfuerzo”.

Ser resultadista no solo en lo económico
Sobre las cualidades que valora en quienes le acercan un proyecto, menciona tres: creatividad, capacidad de trabajo y sueños. Pero agrega un matiz: “Soy resultadista al 100%. Me ayuda a ver si quien presenta la idea tiene los pies sobre la tierra o está volando demasiado. Hace falta un poco de inconsciencia, sí, pero no del todo”.
En el caso de la película Lo deseado, la clave fue la gente que la lleva adelante, asegura. “Con Darío había trabajado. Me gustó cómo se adaptaron, cómo resolvían cosas. Sentí que coincidíamos en la manera de pensar un proyecto como una industria y no solo como arte”.
“Lo primero fue confiar en ellos –continúa–. Segundo, me pareció una oportunidad de acompañar a alguien localmente que pueda hacer una coproducción internacional y proyectarla a nivel mundial. Es un granito de arena en lo que creo, que es ser una persona solidaria y aportar a que todo el mundo pueda tener sus oportunidades. Todo el mundo que se lo merezca, ¿no?”
–Hablás de resultados, pero puede que “Lo deseado” no sea un éxito en lo económico.
–No lo mido en términos económicos. El verdadero empresario no está todo el día contando plata, sino soñando, proyectando y también lidiando con días tormentosos. Hay que tener temperamento para confiar en lo que hacés y disfrutar aún de la tormenta.
–Esa metáfora de la tormenta parece venir de tu experiencia como montañista.
–Allá arriba aprendés a valorar lo básico: alimentarse, abrigarse e hidratarse. Todo lo demás no importa. Es un espacio de silencio, autoconocimiento y conexión con uno mismo que luego influye en cómo te vinculás con los demás.
Buenas intenciones
–Apoyás a artistas y emprendedores de distintas disciplinas. ¿Por qué ese compromiso?
–Porque creo en la circulación de las buenas intenciones. Mi compromiso no es solo con una película o un corto, también con escultores, escritores, o deportistas. A veces lo que necesitan es una mano anímica. Me interesa dar lo bueno que recibí de la vida. Soy un dador por naturaleza.
“De chico siempre tuve la inquietud de lo que se llama la mejora continua, el crecimiento interno. Para mí, son oportunidades. Yo quiero llegar, cuando parta de esta vida, habiendo tocado todo la música que haya tenido en mis manos. En todas las oportunidades que la vida me haya presentado quiero haber dado lo mejor”, dice.
Para José, el arte tiene un poder transformador: “Si el interlocutor tiene la sensibilidad para percibir lo que el artista comunica, hay un win-win, una explosión positiva”. Y afirma que hoy las plataformas digitales han democratizado el acceso a la difusión, multiplicando las oportunidades.
–¿Qué debe tener una obra para que te cautive?
–Que me hechice. Que yo la vea cotidianamente y llegue a tener complicidad con ella. Eso es generar un vínculo.

El componente humano
José Rolón recuerda el año 2001, cuando la firma –fundada en 1938 por un inmigrante italiano– atravesaba una crisis severa. Él venía de YPF y aceptó el desafío de conducirla. “No tenía idea con qué me estaba encontrando. Pero tuve el hambre de hacer, y lo conservo. Lo más importante fue la gente: proveedores, clientes, empleados. Cuando uno habla claro, cumple y es confiable, se genera confianza”.
Hoy celebra haber recuperado la compañía, consolidado sus activos y, sobre todo, haber conformado un equipo humano extraordinario. “La gente es el primer activo de una empresa. Las máquinas se pueden comprar, pero la cultura de trabajo es lo que te sostiene”.